HURTADO VALERO, Pedro M: Ejercicios para la muerte (VII Premio de Ensayo Miguel Espinosa), Ediciones Tres Fronteras, Murcia, 2009, 260 págs.
Todos somos filósofos alguna vez en la vida. Eso comprobamos en este libro, donde un hombre anónimo escribe pensando en lo ya vivido y en lo que lo espera, desnudo de todo interés práctico y ansioso por verlo todo en su raíz y en su síntesis. Diríase que se trata de una filosofía novelesca o filosofía novelada, puesto que el personaje se relaciona con las personas y con las cosas y consigo mismo, no en la vida práctica, sino mediante el pensamiento elaborado con su escritura. Obviamente nadie puede vivir su propia muerte, pero mediante el distanciamiento de la escritura podemos enajenarnos de nosotros mismos y crear un otro que se muere, y de ese modo entablamos una relación indirecta con nuestra propia muerte. De ese modo nos entrenamos para la muerte, siguiendo así la conocida idea que Platón exponía en su Fedón por boca de Sócrates. El anciano realiza, en sucesivas jornadas y meditaciones, unos ejercicios de desprendimiento de sí mismo para facilitar su partida.
En la primera jornada, el sujeto se desprende de su biografía. Asume todo lo vivido en las distintas épocas volviendo a sentir lo que sintió entonces; asume lo vivido como sucesión de avatares y de rutinas, de las que puede desprenderse sin perder nada, dejando la angustia del futuro y la culpa del pasado, para poder vivir cada instante que le queda como ocasión plena y extraordinaria, ante la extraordinaria ocasión de su trance supremo; y elabora la idea de su propia muerte para vivirla como algo propio y desprenderse del miedo a ésta.
En la jornada segunda, el protagonista, ya de vuelta de todo, se desata de los vínculos que lo atan a los otros. Reflexiona sobre sus lazos de sangre, sobre los grandes nombres escritos con mayúscula por la gran historia, y se desliga de sus lealtades aunque no de ciertos estilos. Se desprende de sus palabras y de sus ideas, de sus secretos y sus mentiras, aunque no de algunos sentimientos. Se desprende de la mirada ajena y de la propia mirada, de su consciencia de época, de sus semejantes y desemejantes, de su mentalidad y de sus frustraciones.
La tercera jornada constituye una despedida en que el anciano contempla las cosas del mundo a la luz de su ocaso ya que las cosas existen siempre a la luz de alguna hora del día. Desea una visión poética que nunca tuvo y se pone en disposición para que el mundo le ofrezca la última. Hay en la segunda meditación de esta jornada una especie de desahogo lírico en que el anciano desea recuperar todas las cosas del mundo entero para despedirse de ellas, y acaba repasando la visión de sus paisajes, de sus ámbitos, de sus estaciones y sus horas, y de algunas ocasiones.
Al llegar la cuarta jornada, nuestro filósofo ha de enajenarse de lo que parece componer su misma persona: de su carne (con sus placeres y sus miserias), de su alma (pensada como un punto imaginario que ha estado persiguiendo siempre sin poder alcanzarlo) y de su espíritu (entendido como anhelo que se nos revela especialmente en el sufrimiento).
Por último, en la quinta jornada, el protagonista, como si estuviera haciendo hora fumándose una pipa mientras se acerca el momento de pagar su deuda, contempla el hueco que ocupa y que será ocupado por otros acontecimientos ya que no existe la nada. Contempla la vida y los acontecimientos como gratuidad y como un don recibido, en un mundo donde las cosas se definen como finitas simplemente porque su ser consiste en el límite de unas con otras. En fin, tras formularse sus últimas preguntas (con la cuestión sobre Dios y sobre la vida ultraterrena), entiende que todo es gratuito como el obsequio, como el amor oblativo y como el mismo Dios, si existe. Después de hacerse estas preguntas que se responden con la simple disposición para abandonar la vida, el protagonista se siente con ánimo tranquilo para poder morirse.
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